Moody. El conquistador de almas.

 

Moody

MOODY. CÉLEBRE CONQUISTADOR DE ALMAS (1837-1899)

Sucedió durante una de las famosas campañas evangelísticas de Moody y Sankey. Se había reservado la noche de un lunes para un discurso dirigido a los materialistas. Carlos Bradlaugh, campeón del escepticismo, que entonces se encontraba en el cenit de su fama, había ordenado que todos los miembros de los clubs que había fundado asistiesen a la reunión. Así pues, cerca de 5.000 hombres, resueltos a dominar el culto entraron y ocuparon todos los bancos.
Moody predicó sobre el siguiente texto: “Porque la roca de ellos no es como nuestra Roca, y aun nuestros enemigos son de ello jueces” (Deu_32:31).
Relatando una serie de incidentes pertinentes y conmovedores de sus experiencias con personas que estaban en su lecho de muerte, Moody dejó que los hombres juzgasen por sí mismos quién tenía un mejor fundamento sobre el cual debían basar su fe y su esperanza. Sin querer, muchos de los asistentes tenían lágrimas en los ojos. La gran masa de hombres, mostrando el más negro y determinado desafío a Dios, reflejado en el rostro, encaró el continuo ataque a los puntos más vulnerables, es decir, el corazón y el hogar.
Al finalizar, Moody dijo: “Levantémonos para cantar: ‘Oh, venid vosotros los afligidos, ahora’ y mientras lo hacemos, los porteros abran todas las puertas para que puedan salir todos los que quieran.
Después seguiremos el culto como de costumbre, para aquellos que deseen aceptar al Salvador.” Una de las personas que asistió a ese culto, dijo: “Yo esperaba que todos iban a salir inmediatamente, dejando el recinto vacío. Pero la gran masa de 5.000 hombres se levantó, cantó y se sentó de nuevo; ¡ninguno de ellos dejó su asiento!”
Moody, entonces dijo: “Quiero explicar cuatro palabras: Recibid, creed, confiad y aceptad al Señor.”
Una amplia sonrisa pasó por todo aquel mar de rostros. Después de hablar un poco sobre la palabra recibida, Moody hizo un llamamiento: “¿Quién quiere recibirlo? Solamente tienen que decir: ‘Quiero.’ ” Cerca de cincuenta de los que se encontraban de pie y arrimados a las paredes, respondieron: “Quiero”, pero ninguno de los que estaban sentados dijo nada. Un hombre exclamó: “Yo no puedo”, a lo que Moody replicó: “Habló bien y con razón, amigo; fue bueno que se haya expresado así. Escuche y después podrá decir: ‘Yo puedo.’ Moody entonces explicó el sentido de la palabra “creer” e hizo el segundo llamamiento: “¿Quién dirá: ‘Yo quiero creer en El?’ ” De nuevo, algunos de los hombres que estaban de pie respondieron, aceptando; pero uno de los jefes de uno de los clubs gritó: “¡Yo no quiero!” Entonces Moody, vencido por su ternura y compasión, respondió con voz quebrantada: “Todos los hombres que están aquí esta noche tienen que decir: “Yo quiero”, o “Yo no quiero”.
Entonces Moody hizo que la audiencia considerase la historia del hijo pródigo, diciendo: “La batalla es sobre querer — solamente sobre querer. Cuando el hijo pródigo dijo: `Me levantaré’, fue cuando él ganó la lucha, porque había alcanzado el dominio sobre su propia voluntad. Y sobre este punto es que depende todo hoy. Señores, tenéis ahí en vuestro medio a vuestro campeón, el amigo que dijo: ‘Yo no quiero.’
Deseo que todos aquí, los que crean que ese campeón tiene razón, se levanten y sigan su ejemplo, diciendo: ‘Yo no quiero.’ ” Todos se quedaron quietos y hubo un gran silencio hasta que por fin Moody lo interrumpió, diciendo: “¡Gracias a Dios! Nadie dijo: ‘Yo no quiero.’ Ahora, ¿quién dirá: ‘Yo quiero?’ “
Entonces parece que, instantáneamente, el Espíritu Santo se hizo cargo de ese gran auditorio de enemigos de Jesucristo, y cerca de 500 hombres se pusieron de pie, con lágrimas corriéndoles por las mejillas y gritando: “¡Yo quiero! ¡Yo quiero!” Clamaron hasta que todo el ambiente se transformó. La batalla se había ganado.
El culto terminó sin demora, para que se comenzase la obra entre aquellos que estaban deseosos de recibir su salvación. En cuestión de ocho días, cerca de dos mil personas fueron transferidas de las filas del enemigo al ejército del Señor, mediante la rendición de la propia voluntad. Los años que siguieron probaron la firmeza de la obra, pues los clubs nunca se levantaron. Dios, en su misericordia y poder, los aniquiló mediante su evangelio.
Un total de quinientas mil almas preciosas ganadas para Cristo, es el cálculo de la cosecha que Dios hizo por intermedio de su humilde siervo, Dwight Lyman Moody. R. A. Torrey, que lo conoció íntimamente, lo consideraba, con razón, el hombre más grande del siglo XIX, es decir, el hombre que había sido más usado por Dios para ganar almas.
No se exagera al decir que hoy en día, más de medio siglo después de su muerte, los creyentes se refieren a su nombre más que a cualquier otro nombre después del tiempo de los apóstoles.
Que nadie piense, sin embargo, que D. L. Moody fue grande en sí mismo o que tuvo oportunidades que los demás no tienen. Sus antepasados eran sólo labradores, los cuales vivieron por siete generaciones, es decir durante unos 200 años, en el valle de Connecticut, en los Estados Unidos. Dwight nació el 5 de febrero de 1837, de padres pobres, siendo él el sexto de entre nueve hijos. Cuando él todavía era pequeño, su padre falleció y los acreedores se apoderaron de todo, dejando a la familia destituida de todo, hasta de la leña para calentar la casa en tiempo de intenso frío.
No hay historia tan conmovedora e inspiradora como la de aquellos años de lucha de la viuda, madre de Dwight. Pocos meses después de la muerte de su marido, le nacieron gemelos, cuando el hijo mayor tenía solamente doce años de edad. El consejo de todos sus parientes fue que ella entregase a sus hijos para que otros los criaran. Pero con un invencible coraje y una santa dedicación a sus hijos, ella logró criar a todos los nueve hijos en su propio hogar. Se conserva todavía, como un preciado tesoro, su Biblia, con las palabras de Jer_49:11 subrayadas: “Deja tus huérfanos, yo los criaré; y en mí confiarán tus viudas.”
¿Qué otra cosa se puede esperar de los hijos que se han criado junto a su madre, sino que se conviertan en hombres y mujeres que conozcan al mismo Dios que ella conoció?
Así se expresó Dwight, junto al ataúd de la madre, cuando ella falleció a la edad de noventa años: “Si puedo contener mi emoción, quiero decir algunas palabras. Es un gran honor el haber sido hijo de una madre como ella. Yo he viajado mucho, pero nunca he encontrado otra persona como ella. Ella estaba siempre tan unida a sus hijos, que representaba para cualquiera de nosotros un gran sacrificio alejarnos del hogar.
“Durante el primer año después que mi padre falleció, ella se dormía todas las noches llorando. No obstante, estaba siempre alegre y animada en presencia de sus hijos. Las añoranzas le servían para llevarla hacia Dios. . . Muchas veces yo me despertaba y ella estaba orando, y otras veces, llorando. No puedo expresar la mitad de lo que deseo decir. ¡Cuán querido es para mí aquel rostro! Durante cincuenta años no he sentido gozo mayor que el de volver a mi casa. Cuando yo venía de regreso y estaba todavía a 75 kilómetros de distancia, ya me sentía tan inquieto y deseoso de llegar, que me levantaba del asiento para pasear por el vagón, hasta que el tren llegaba a la estación. . . Si llegaba después del anochecer, siempre miraba para ver la luz de la ventana de mi madre. Me sentí tan feliz esta vez por haber llegado a tiempo de que ella todavía pudiese reconocerme. Le pregunté; `¿Madre, me reconoces?’ y ella respondió: ‘¡Vamos, cómo no te voy a reconocer!’
“Aquí está su Biblia, tan gastada, porque es la Biblia del hogar; todo lo que ella tenía de bueno, vino de este libro y fue de él que nos enseñó. Si mi madre era una bendición para el mundo, fue porque ella bebía de esta fuente. La luz de la viuda de Moody brilló desde su casa en la colina durante cincuenta años. ¡Que Dios te bendiga, madre; aún te amamos! ¡Adiós, tan sólo por un poco de tiempo, madre!”
Al considerar el éxito de Dwight L. Moody, nos vemos obligados a añadir: ¿Quién puede calcular las posibilidades de un hijo criado en un hogar en que los padres aman sinceramente al Padre celestial, al punto de llamar diariamente a todos sus hijos, para que escuchen la voz de Dios en la lectura de la Biblia, y clamen reverentemente a El en oración?
Todos los hijos de la viuda de Moody asistían a los cultos los domingos; llevaban la merienda para pasar el día entero en la iglesia. Tenían que oír dos prolongados sermones, y entre ésos, asistir a la Escuela Dominical. Dwight, después de trabajar toda la semana, creía que su madre le exigía demasiado obligándolo a asistir a los sermones, los cuales él no comprendía. Pero finalmente, llegó a agradecer a esa buena madre su dedicación en ese sentido.
A la edad de 17 años, Moody salió de su casa para ir a trabajar a la ciudad de Boston, donde encontró empleo en la zapatería de un tío suyo. Continuó asistiendo a los cultos, pero todavía no era salvo. Nótenlo bien todos aquellos que se dedican a la obra de ganar almas, que no fue en un culto donde Dwight Moody fue llevado al Salvador. Su maestro de la Escuela Dominical, Eduardo Kimball, nos cuenta lo siguiente:
“Resolví hablarle acerca de Cristo y acerca de su alma. Vacilé un poco antes de entrar a la zapatería, pues no quería estorbar al muchacho durante las horas de trabajo. . . Por fin entré, resuelto a hablarle sin más demora. Encontré a Moody al fondo de la tienda envolviendo calzado. Enseguida me aproximé a él y poniéndole una mano sobre el hombro, hice lo que después me pareció una presentación muy pobre, una invitación para aceptar a Cristo. No me acuerdo de lo que le dije entonces, ni el mismo Moody podía recordarlo algunos años después. Simplemente le hablé del amor de Cristo para con él, y el amor que Cristo esperaba de él en reciprocidad. Me parecía que el muchacho estaba listo para recibir la luz que lo iluminó en aquel momento, y allí mismo al fondo de la zapatería, él se entregó a Cristo.”
En la historia del cristianismo, a través de los siglos, no ha habido creyente que fuese, en cuanto a celo, menos remiso, y en espíritu, más fervoroso en servir al Señor, desde su conversión hasta el día de su muerte, que Moody de Northfield. Cuántas veces después, el señor Kimball daba gracias a Dios por no haber sido desobediente a la visión celestial. ¿Cuál habría sido el resultado si no le hubiese hablado al joven aquella mañana en la zapatería?!
Era costumbre de las iglesias de aquella época, que alquilasen los asientos. Moody, inmediatamente después de su conversión, transportado de amor para con su Salvador pagó el arriendo de un banco. Luego recorrió las calles, hoteles y casas de pensión, buscando hombres y muchachos para llenarlo en todos los cultos. Después arrendó otro banco, y después otro y otro, hasta llegar a llenar cuatro bancos todos los domingos. Pero eso no era suficiente para satisfacer el amor que él sentía por los perdidos.
En ese tiempo, siendo aún de menos de veinte años de edad, se fue a Chicago, donde siguió trabajando con mucho éxito como vendedor de zapatos. Allí cierto domingo visitó una Escuela Dominical, donde pidió permiso para enseñar una clase. El dirigente le respondió: “Hay doce maestros y dieciséis alumnos.
Sin embargo, usted puede enseñar a todos los alumnos que consiga traer a la escuela.” Fue una gran sorpresa para todos, cuando el domingo siguiente Moody entró con dieciocho niños traídos de la calle, sin sombrero, sin zapatos y con la ropa sucia y raída — como él dijo: “Todos ellos tienen un alma que salvar.”
Continuó llevando cada vez más alumnos a la Escuela Dominical, hasta que algunos domingos después ya no cabían más en el edificio. Entonces resolvió abrir otra Escuela Dominical en otra parte de la ciudad.
Moody no enseñaba, sino que consiguió profesores, y proporcionaba el pago del alquiler y de otros gastos. En pocos meses esa Escuela Dominical se convirtió en la mayor de la ciudad de Chicago. Como no consideraba conveniente pagar a otro para que trabajara el día domingo, Moody, muy temprano por la mañana, sacaba las pipas de cerveza (otros ocupaban el local durante la semana), barría y preparaba todo para el funcionamiento de la escuela. Después, salía para invitar a los alumnos. A las dos de la tarde, cuando volvía después de hacer sus invitaciones, encontraba el local repleto de alumnos.
Después de terminar el servicio en la Escuela Dominical, él iba a visitar a los ausentes e invitaba a todos para que fuesen al servicio de predicación de la noche. En su llamamiento de después del sermón, invitaba a todos los interesados a quedarse para un culto especial, en el cual trataban individualmente con todos. Moody también participaba en esa cosecha de almas.
Antes de acabar el año, un promedio de seiscientos alumnos asistían a la Escuela Dominical, divididos en ochenta clases. Luego la asistencia pasó a ser de mil alumnos y a veces hasta de mil quinientos.
El éxito de Moody en la Escuela Dominical atrajo la atención de otros que se interesaban por el mismo trabajo. De vez en cuando era invitado a participar en las grandes convenciones de las Escuelas Dominicales. Cierta vez, después que Moody hablase en una convención, un orador lo censuró severamente por no saber dirigirse a un auditorio. Moody avanzó hacia el frente, y después de explicar que reconocía no ser un individuo instruido, agradeció al ministro por haberle mostrado sus defectos, y le pidió que orase a Dios para que El lo ayudase a hacer lo mejor que pudiese.
Al mismo tiempo que Moody se dedicaba a la Escuela Dominical con tan buenos resultados, también se esforzaba por tener éxito todos los días en el negocio. La gran meta de su vida era llegar a ser uno de los principales comerciantes del mundo, un multimillonario. ¡No tenía más de veintitrés años y ya había ahorrado siete mil dólares! Pero su Salvador tenía un plan mucho más noble para su siervo.
Cierto día uno de los maestros de la Escuela Dominical entró en la zapatería donde Moody trabajaba. Le informó que estaba tuberculoso y que, habiendo sido desahuciado por el médico, había decidido volver a Nueva York para morir allí. Confesó que se sentía muy turbado, no porque tenía que morir, sino porque hasta entonces no había logrado llevar al Salvador a ninguna de las muchachas de su clase de la Escuela Dominical. Moody, profundamente conmovido, sugirió que visitasen juntos a las muchachas en sus casas, una por una. Visitaron a una, y el maestro le habló seriamente acerca de la salvación de su alma. La joven escuchó, dejó su superficialidad y comenzó a llorar, entregándose a su Salvador. Todas las otras muchachas que fueron visitadas en aquel día hicieron lo mismo.
Pasados diez días, el maestro fue nuevamente a la zapatería. Lleno de júbilo le informó a Moody que todas las chicas se habían entregado a Cristo. Resolvieron entonces invitar a todas a un culto de oración y despedida, la víspera de la partida del maestro para Nueva York. Todos se arrodillaron y Moody, después de hacer una oración, estaba por levantarse cuando una de las muchachas comenzó también a orar. Todas oraron suplicando a Dios en favor del maestro. Al salir, Moody suplicó: “¡Oh Dios permíteme morir antes que perder la bendición que recibí hoy aquí!”
Más tarde Moody confesó: “Yo no sabía el precio que tenía que pagar por haber participado en la evangelización individual de esas muchachas. Perdí todo el afán de negociar; ya no tenía más interés en el comercio. Había experimentado otro mundo y no quería ganar más dinero. . ¡Qué delicia es llevar un alma de las tinieblas de este mundo a la gloriosa luz y libertad del evangelio!”
Entonces, a la edad de veinticuatro años, poco tiempo después de haberse casado, Moody decidió dejar un buen empleo con un salario de cinco mil dólares al año, un salario que era fabuloso en aquel tiempo, para trabajar todos los días en el servicio de Cristo, sin tener ninguna promesa de recibir retribución económica alguna. Después de tomar esa resolución, se apresuró en ir a la firma B. F. Jacobs and Co.,donde muy conmovido, anunció: “¡Ya he decidido emplear todo mi tiempo al servicio de Dios!” “¿Y cómo va a mantenerse?” le preguntaron. “Bueno, Dios me suplirá todo”, contestó, “si El quiere que yo continúe; y continuaré hasta que me vea obligado a desistir.”
Es muy interesante observar lo que él escribió poco después a su hermano Samuel: “Querido hermano: Las horas más alegres que he experimentado en la tierra, fueron las que pasé en la obra de la Escuela Dominical. Samuel, reúne un grupo de muchachos perdidos, llévalos a la Escuela Dominical y pide a Dios que te dé sabiduría para instruirlos en el camino de la vida eterna.” Al tiempo que Moody describía su alegría, se vio obligado a dejar la pensión, a alimentarse más simplemente y a dormir en uno de los bancos
del salón.
Acerca de su desprendimiento por el dinero, R. A. Torrey hizo esta observación: “El (Moody) me dijo que si hubiese aceptado los lucros provenientes de la venta de los himnarios que él publicó, esos lucros sumarían un millón de dólares. Sin embargo, Moody rehusó tocar ese dinero, aun cuando por derecho le correspondía. . . En cierta ciudad que Moody visitó en los últimos años de su vida, estando yo en su compañía, fue públicamente anunciado que él no aceptaría ninguna recompensa por sus servicios. Pero el hecho era que él casi no tenía otros medios de sustento, sino aquello que recibía en sus conferencias. Sin embargo, él no hizo ningún comentario sobre aquel anuncio y salió de aquella ciudad sin recibir un centavo siquiera por su arduo trabajo; y me parece que fue él mismo quien pagó su cuenta en el hotel donde se había hospedado.”
La parte de la biografía de D. L. Moody que se refiere a los primeros años de su ministerio está repleta de proezas hechas en la carne. Mencionamos aquí sólo una, esto es, el hecho de que Moody hizo un increíble número de visitas en un sólo día. El mismo más tarde se refería a aquellos años como una manifestación del “celo de Dios, pero sin entendimiento”, añadiendo: “Hay, sin embargo, más esperanza para el hombre que tiene celo, pero no entendimiento, que para el hombre de entendimiento sin celo.”
Cuando estalló la tremenda Guerra Civil, Moody llegó con los primeros soldados al campamento militar, donde armó una gran tienda para los cultos. Después reunió dinero y levantó un templo, donde celebró mil quinientos cultos durante la guerra. Una persona que lo conocía, comentó su modo de actuar de la siguiente manera: “Moody parecía estar constantemente en todos los lugares, de día y de noche, los domingos y todos los día de la semana; orando, exhortando, hablando con los soldados acerca de su alma, y regocijándose por la abundante oportunidad de trabajar y de cosechar el fruto que estaba a su alcance por causa de la guerra.”
Cuando acabó la guerra, dirigió una campaña para levantar en Chicago un edificio para los cultos con capacidad para 3.000 personas. Más tarde, cuando ese edificio fue destruido por un incendio, él y otros dos hombres iniciaron otra campaña, antes de que los escombros se hubiesen enfriado, para levantar un nuevo edificio. Ese edificio fue el Farwell Hall II, que se convirtió en un gran centro religioso de Chicago.
El secreto de ese éxito fueron los cultos de oración que se realizaban diariamente, al medio día, precedidos por una hora de oración de Moody, que se escondía debajo de una escalera para orar.
En medio de esos grandes esfuerzos, Moody resolvió inesperadamente hacer una visita a Inglaterra. Su principal interés al llegar a Londres fue oír a Spurgeon predicar en el Tabernáculo Metropolitano. El ya había leído mucho de lo que el “Príncipe de los predicadores” había escrito, pero allí pudo verificar que la gran obra no era de Spurgeon, sino de Dios, y salió de allí con una visión distinta.
También visitó a Jorge Müller y a su orfelinato en Bristol. Desde aquel momento la autobiografía de Müller ejerció tanta influencia sobre él, como antes lo había hecho “El peregrino” de Bunyan. Sin embargo, lo que en ese viaje llevó a Moody a buscar definitivamente una experiencia más profunda con Cristo, fueron estas palabras proferidas por un gran ganador de almas de Dublin, Enrique Varley: “EL
MUNDO TODAVIA NO HA VISTO LO QUE DIOS HARA CON, PARA, Y POR EL HOMBRE QUE SE ENTREGUE ENTERAMENTE A EL.” Moody se dijo a sí mismo: “El no dijo ‘por un gran hombre’, ni ‘por un sabio’, ni ‘por un rico’ ni ‘por un elocuente’, ni ‘por un inteligente’, sino simplemente ‘por un hombre’. Yo soy un hombre y cabe al hombre solamente resolver si desea o no consagrarse de esa manera. Estoy resuelto a hacer todo lo posible para ser ese hombre.” A pesar de todo, después de volver a la América, Moody continuaba esforzándose y empleando los métodos terrenales. Fue en esa época, en el año 1871, que la ciudad de Chicago quedó reducida a cenizas debido a un pavoroso incendio.
En la misma noche en que se inició aquel pavoroso incendio, Moody había predicado sobre este tema: “¿Qué, pues, haré de Jesús, llamado el Cristo?” Al concluir su sermón, le dijo al auditorio, el mayor al cual había predicado en Chicago: “Quiero que llevéis este texto a casa y lo meditéis bien durante la semana, y el domingo próximo iremos al Calvario y a la cruz, y resolveremos lo que haremos de Jesus de Nazaret.”
“¡Cómo me equivoqué!” dijo Moody después. “No me atrevo más nunca a conceder una semana de plazo al perdido para que decida sobre su salvación. Si se pierden, serán capaces de levantarse contra mí el día del juicio. Recuerdo bien cómo cantó Sankey y cómo sonó su voz cuando llegó a la estrofa del llamado: ‘El Salvador llama para el refugio; Rompe la tempestad y pronto viene la muerte.’
“Nunca más volví a ver a aquel auditorio. Aún hoy deseo llorar. . . Prefiero tener mi mano derecha amputada, antes que conceder al auditorio una semana para decidir qué hará de Jesús. Muchos me censuraron diciendo: ‘Moody, usted quiere que el pueblo se decida inmediatamente. ¿Por qué no les da tiempo para que lo consideren?’
“He pedido a Dios muchas veces que me perdone por haber dicho aquella noche que podían pasar ocho días considerando el asunto, y si El me conserva la vida, no lo volveré a hacer.”
El gran incendio rugió y amenazó durante cuatro días. Consumió Farwell Hall, el templo de Moody, y su propia residencia. Los miembros de la iglesia fueron todos dispersos. Moody reconoció que la mano de Dios lo había castigado para enseñarle, y eso se volvió para él un motivo de grande regocijo. Fue a Nueva York a fin de conseguir dinero para los damnificados del gran siniestro. Acerca de lo que pasó allí, él escribió lo siguiente: “Yo no sentía en mi corazón ningún deseo de solicitar ese dinero. Todo el tiempo yo clamaba a Dios pidiendo que me llenase de su Espíritu Santo. Entonces, cierto día, en la ciudad de Nueva York — ¡qué día!— No puedo describirlo, ni quiero hablar del asunto; fue una experiencia casi demasiado sagrada como para ser mencionada.
“El apóstol Pablo tuvo una experiencia acerca de la cual no habló durante catorce años. Sólo puedo decir que Dios se me reveló y tuve una experiencia tan grande de su amor, que tuve que rogarle que retirase de mí su mano. Volví a predicar. Mis sermones no eran diferentes; yo no presentaba otras verdades; sin embargo, centenares de personas se convertían. ¡No quiero volver a vivir de nuevo como viví otrora, aun cuando pudiese poseer el mundo entero!”
Acerca de esa experiencia, uno de sus biógrafos añadió: “El Moody que andaba por la calle parecía otro.
El nunca había bebido mosto, pero ahora conocía la diferencia entre el júbilo que Dios da y el falso júbilo de Satanás. Cuando caminaba, le parecía que un pie le decía al otro: ‘Gloria’, y el otro respondía: ‘Aleluya’.
El predicador rompió en sollozos, balbuceando: ‘¡Oh Dios, constríñeme a andar cerca de ti hoy y siempre.’ ” Sobre el mismo acontecimiento otro escribió lo siguiente: “El fruto de su predicación había sido pequeño. Con espíritu angustiado, él andaba de noche por las calles de la gran ciudad, orando: ‘¡Oh Dios, úngeme con tu Espíritu!’ Dios lo oyó y le concedió allí mismo, en la calle, aquello por lo cual oraba. No se puede explicar con palabras ese resultado. Su vida anterior era como si tratase de sacar agua de un pozo
que parecía seco. Hacía funcionar la bomba con todas sus fuerzas, pero sacaba muy poca agua. . . Ahora Dios hizo que su alma fuese como un pozo artesiano, donde nunca falta agua. Así llegó a comprender qué significan las palabras: ‘El agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna.’ “
El Señor proporcionó a Moody el dinero que necesitaba para construir un edificio provisional, para celebrar los cultos, allí en Chicago. Ese edificio era de madera rústica, forrado con un papel muy grueso para evitar que pasara el frío; el techo era sustentado por hileras de estacas colocadas en el centro. En ese templo provisional se celebraron los cultos durante cerca de tres años, en medio de un desierto de cenizas.
La mayor parte del trabajo de construcción se hizo con la ayuda de los miembros de la iglesia, que vivían en chozas o en lugares excavados entre los escombros. ¡Al primer culto asistieron más de mil niños con sus respectivos padres!
Ese templo provisional sirvió también de vivienda para Moody y para Sankey, su evangelista cantor;
eran tan pobres como todos los que vivían a su alrededor, pero tan llenos de esperanza y de gozo, que lograron llevar a muchos a hacerse ricos, a pesar de no poseer nada. Oleada tras oleada de avivamiento tuvo lugar entre la gente. Los cultos continuaron día y noche, casi sin cesar, durante algunos meses.
Multitudes lloraban sus pecados, a veces el día entero, y al día siguiente, perdonados, clamaban y alababan con gratitud a Dios. Hombres y mujeres hasta entonces desanimados participaban del gozo desbordante de Moody, transformado por el bautismo del Espíritu Santo.
Poco después de haber construido el templo permanente (con asientos para dos mil personas — ¡y sin haber contraído ninguna deuda!), Moody hizo su segundo viaje a Inglaterra. En sus primeros cultos en ese país, encontró frialdad en las iglesias, las cuales tenían poca asistencia y la gente no tenía ningún interés en sus mensajes. Pero la unción del Espíritu Santo que Moody recibió en las calles de Nueva York, todavía permanecía en su alma y Dios lo usó como su instrumento para un avivamiento mundial.
A Moody no le gustaba usar métodos sensacionales, sino que empleó siempre los mismos métodos humildes hasta el fin de su vida; el sermón dirigido directamente a sus oyentes; la aplicación práctica del mensaje del evangelio a la necesidad individual; solos cantados bajo la unción del Espíritu; la invitación para que el perdido aceptase a Cristo y se entregase a El inmediatamente; una sala contigua adonde llevaba a los que tenían “dificultades” para aceptar a Cristo; la obra de seguimiento que los creyentes hacían después entre los “interesados” y los recién convertidos; y diariamente una hora de oración al medio día y cultos que duraban el día entero.
El propio Moody dijo lo siguiente: “Si estamos llenos del Espíritu y de poder, un día de servicio vale más que un año de servicio sin ese poder.” Otra vez añadió: “Si estamos llenos del Espíritu, ungidos, nuestras palabras llegarán a penetrar el corazón de la gente.”
En Inglaterra, las ciudades de York, Sunderland, Bishop, Auckland, Carlisle y Newcastle fueron vivificadas como en los días de Whitefield y Wesley. En Edimburgo, Escocia, los cultos se celebraron en el mayor edificio y “la ciudad entera fue conmovida”. En Glasgow, la obra comenzó con una reunión de maestros de Escuela Dominical, a la cual asistieron más de tres mil personas. El culto de la noche fue anunciado para las seis y media, pero mucho antes de la hora anunciada, el gran edificio ya estaba repleto,
y la multitud que no pudo entrar, fue llevada a las cuatro iglesias más próximas. Esa serie de cultos transformó radicalmente la vida diaria del pueblo. En la última noche Sankey cantó para 7.000 personas que estaban dentro del edificio, y Moody, que estaba del lado de afuera, sin poder entrar, se subió a un carruaje y predicó a 20.000 personas que se hallaban congregadas del lado de afuera. El coro dirigió los himnos desde encima de un galpón. En un solo culto más de 2.000 personas respondieron al llamado para
entregarse definitivamente a Cristo.
Durante el verano predicó en Aberdeen, Montrose, Brechin, Forfar, Huntley, Inverness, Arbroath, Fairn, Nairn, Elgin, Ferres, Grantown, Keith, Rothesay y Campbeltown; muchos millares de personas asistieron a todos esos cultos.
En Irlanda, Moody predicó en mayores centros, obteniendo los mismos resultados que había tenido en Inglaterra y Escocia. Los cultos en Belfast continuaron durante cuarenta días. El último culto fue reservado para los recién convertidos, que sólo podían tener ingreso mediante un pase concedido gratuitamente. Asistieron 2300 personas. Belfast había sido el centro de varios avivamientos, pero todos están de acuerdo en que nunca había habido un avivamiento antes que ése, de resultados tan permanentes.
Después de la campaña en Irlanda, Moody y Sankey volvieron a Inglaterra y dirigieron cultos inolvidables en Shefield, Manchester, Birmingham y Liverpool. Durante muchos meses los mayores edificios de esas ciudades quedaban repletos de multitudes deseosas de oír la presentación clara y osada del evangelio, hecha por un hombre libre de todo interés y ostentación. El poder del Espíritu se manifestó en todos los cultos, produciendo resultados que permanecen hasta hoy.
El itinerario seguido por Moody y Sankey en Europa, acabó después de cuatro meses de cultos en Londres. Moody predicaba alternativamente en cuatro centros. Las siguientes cifras nos sirven para comprender algo de la grandeza de esa obra realizada durante los cuatro meses: Se celebraron 60 cultos en el Agricultural Hall, a los cuales asistió un total de 720.000 personas; en Bow Road Hall, 60 cultos, a los cuales asistieron 600.000 personas; en Camberwell Hall, 60 cultos, con una asistencia de 480.000
personas; Haymarket Opera House, 60 cultos, con una asistencia de 330.000 personas; Victoria Hall, 45 cultos, con una asistencia de 400.000 personas.
Qué glorioso es poder añadir aquí lo siguiente: “Las diferencias que existen entre las denominaciones, casi desaparecieron. Predicadores de todas las iglesias cooperaban en una plataforma común — la salvación de los perdidos. Se abrieron de nuevo las Biblias y hubo un gran interés en el estudio de la Palabra de Dios.”
Cuando Moody salió de los Estados Unidos en 1873, se le conocía sólo en algunos estados de la Unión, y era conocido solamente como obrero de la Escuela Dominical y de la Asociación Cristiana de Jóvenes.
Pero cuando regresó de la campaña efectuada en Inglaterra en 1875, era conocido como el más famoso predicador del mundo. No obstante, él continuó siendo el mismo humilde siervo de Dios. Fue así cómo una persona que lo conocía íntimamente, describió su personalidad: “Creo que él era la persona más humilde que yo haya conocido jamás. . . El nunca fingió humildad. En lo más íntimo de su corazón se rebajaba a sí mismo y engrandecía a los demás. Destacaba a otros hombres y, si era posible, se las arreglaba para que ellos predicasen. . . hacía todo lo posible para permanecer ignorado.”
Al regresar nuevamente a los Estados Unidos, Moody recibió muchas invitaciones para predicar, de todas partes de la nación. Su primera campaña (efectuada en Brooklyn) fue un modelo para todas las demás. Las denominaciones cooperaron; arrendaron un local que tenía capacidad para 3.000 personas. El resultado fue una grande y permanente obra.
Durante un período de veinte años, dirigió campañas con grandes resultados en las mayores ciudades de los Estados Unidos, el Canadá y México. En diversos lugares las campañas duraron seis meses. En todos los lugares Moody proclamaba clara y prácticamente el mensaje del evangelio.
Durante sus campañas hubo ocasiones que fueron realmente dramáticas. En Chicago, por ejemplo, el Circo Forepaugh, que tenía una tienda de lona con asientos para 10.000 personas y espacio para otras 10.000 en pie, anunció representaciones para dos domingos. Moody arrendó la tienda para los cultos de la mañana; lo que les causó gracia a los dueños de la tienda. Pero en el primer culto la tienda quedó completamente llena. Luego, por la tarde, fueron tan pocos los que asistieron a las representaciones del Circo, que los dueños resolvieron no efectuar las representaciones el segundo domingo. Sin embargo, el culto se celebró el segundo domingo bajo la lona, con un calor tan grande que daba la impresión de que iban a morir todos los asistentes. No obstante, 18.000 personas quedaron de pie, bañadas en sudor y sin hacer caso del calor. En el silencio que reinaba mientras Moody predicaba, el poder descendió y centenares de personas fueron salvas. Acerca de uno de esos cultos, cierto asistente dijo:
“Jamás olvidaré cierto sermón que Moody predicó. Fue en el Circo Forepaugh durante la Exposición Mundial. Se encontraban presentes en el recinto 17.000 personas, pertenecientes a todas las clases sociales. El texto del sermón fue: ‘Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido.’ Grandiosa era la unción del predicador; parecía que estaba en íntimo contacto con todos los corazones de aquella masa de gente. Moody dijo repetidamente: ‘Porque el Hijo del Hombre vino — vino hoy al Circo Forepaugh — a buscar y a salvar lo que se había perdido.’ Escrito e impreso, esto parece un sermón común, pero sus palabras, por la santa unción que le sobrevino, se convirtieron en palabras de espíritu y de vida.”
Durante la Exposición Mundial, el día designado en honor de la ciudad de Chicago, todos los teatros de la ciudad cerraron porque se esperaba que todo el mundo fuese a la Exposición, que quedaba a seis kilómetros de distancia. Sin embargo, Moody alquiló el Central Music Hall, y R. A. Torrey testificó que la asistencia era tan grande, que él solamente logró entrar por una ventana del fondo del edificio. Los cultos de Moody continuaron siendo tan concurridos, que la Exposición Mundial tuvo que dejar de abrir sus puertas los domingos por falta de público.
Enrique Moorehouse, predicador escocés, da la siguiente opinión acerca de los discursos de Moody: “El cree firmemente que el evangelio salva a los pecadores, cuando ellos creen y confían en la sencilla historia del Salvador crucificado y resucitado.
“Espera la salvación de almas, cuando predica.
“Predica como si nunca más hubiese de realizarse otro culto y como si los pecadores nunca más tuviesen la oportunidad de oír el evangelio. Sus llamados a tomar una decisión ahora mismo, son conmovedores.
“Consigue llevar a los creyentes a trabajar con los interesados después del sermón. Insiste en que pregunten a los que están sentados al lado si son salvos o no. Todo en su obra es muy sencillo, y aconsejo a los obreros de la cosecha del Señor que aprendan de nuestro amado hermano algunas de las lecciones preciosas sobre la obra de ganar almas.”
El doctor Dale dijo: “Acerca del poder de Moody, creo que es muy difícil hablar. Es tan real y al mismo tiempo tan diferente del poder de los demás predicadores, que no sé cómo describirlo. Su realidad es innegable. Un hombre que puede cautivar el interés de un auditorio de tres a seis mil personas durante media hora en la mañana, durante cuarenta minutos, de nuevo, al mediodía, y que puede captar el interés de un tercer auditorio de trece a quince mil personas durante cuarenta minutos por la noche, debe tener por cierto un poder extraordinario.”
Acerca de ese poder maravilloso, Torrey afirmó: “Varias veces he oído decir a diversas personas lo siguiente: ‘Viajamos grandes distancias para ver y oír a D. L. Moody, quien, en efecto, era un predicador maravilloso.’ Sí, él era, en verdad, un maravilloso predicador; considerándolo todo, el más maravilloso que yo haya oído jamás; era un gran privilegio oírlo predicar, como sólo él sabía hacerlo. Con todo,habiéndolo conocido íntimamente, quiero testificar que Moody era más grande como intercesor que como predicador. Al enfrentar obstáculos aparentemente invencibles, él sabía vencer todas las dificultades. Sabía, y creía desde lo más profundo de su alma, que no había nada de masiadamente difícil que Dios no pudiese hacer, y que la oración podía conseguir todo lo que Dios pudiese realizar.”
Cierto día, durante su gran campaña efectuada en Londres, Moody estaba predicando en un teatro repleto de personas pertenecientes a la alta sociedad, y entre ellas había un miembro de la familia real.

Moody se levantó y leyó Luc_4:27: “Y muchos leprosos había en Israel en tiempo del profeta Eliseo.. .”
Al encontrar la palabra “Eliseo”, no la podía pronunciar bien y comenzó a gaguear y a balbucear.
Comenzó a leer de nuevo el versículo, pero al llegar ala palabra “Eliseo” no podía seguir adelante. Probo por tercera vez y falló por la tercera vez. Entonces cerro el Libro y muy conmovido miró para arriba, diciendo: “¡Oh Dios! Usa esta lengua de gago para proclamar a Cristo crucificado a esta gente.”
Descendió sobre él el poder de Dios y entonces su alma se derramó en un torrente tal de palabras, que el auditorio entero quedó como derretido por el fuego divino.
Fue durante esa segunda visita a las Islas Británicas, que realizó su obra entre los hombres de las dos célebres universidades, Oxford y Cambridge. Es una historia muchas veces repetida de cómo él, un individuo sin instrucción, pero con diplomacia y sentido común, venció la censura e hizo entre los intelectuales lo que algunos consideran la mayor obra de su vida.
A pesar de que Moody no tuvo una instrucción académica, reconocía el gran valor de la educación y siempre aconsejaba a los jóvenes que se preparasen para manejar bien la Palabra de Dios. Reconocía la gran ventaja de la instrucción para aquellos que también predican en el poder del Espíritu Santo. Todavía existen tres grandes monumentos referentes a sus convicciones en ese punto — las tres escuelas que él
fundó:
(1) El Instituto Bíblico de Chicago, con 38 edificios y 16.000 alumnos matriculados en las aulas diurnas, nocturnas y en los cursos por correspondencia.
(2) El Seminario Northfield, con 490 alumnos.
(3) La Escuela de Monte Hermón, con 500 alumnos.
Sin embargo, no nos engañemos como se engañaron algunos de esos alumnos, y algunos de nosotros mismos, pensando que el gran poder de Moody era más intelectual que espiritual. Sobre este punto él mismo hablaba con énfasis. Para mayor claridad de lo antes expuesto, citamos lo siguiente, tomado de sus “Breves charlas”: “No conozco nada más importante que precise América, que hombres y mujeres inflamados con el fuego del cielo; nunca he encontrado a un hombre o a una mujer inflamados con el Espíritu de Dios que fracasasen. Creo que, realmente, eso es imposible; tales personas nunca se sienten desanimadas. Avanzan más y más, y se animan más y más. Amados míos, si no habéis obtenido esa iluminación, tratad de adquirirla orando: `¡Oh Dios, ilumíname con tu Espíritu Santo!’ “
En lo que R. A. Torrey escribió, queda aparente el espíritu de esas escuelas que Moody fundó: “Moody acostumbraba escribirme antes de iniciar una nueva campaña, diciendo: ‘Pretendo iniciar el trabajo en tal lugar y en tal día; le pido que convoque a los estudiantes para un día de ayuno y oración.’ Yo leía esas cartas a los estudiantes y les decía: `Moody desea que tengamos un día de ayuno y oración para pedir, primeramente, las bendiciones divinas sobre nuestras propias almas y sobre nuestro trabajo, y después, sobre él y su trabajo.’ Muchas veces nos quedábamos allí en la sala de clases hasta altas horas de la noche — o aun hasta la madrugada — clamando a Dios, porque Moody nos exhortaba que orásemos hasta que recibiésemos la bendición. ¡Cuántos hombres y mujeres he conocido, que experimentaron una verdadera transformación en su vida y en su carácter por aquellas noches de oración, y cuántos han conseguido grandes cosas, en muchas partes, como resultado de aquellas horas empleadas en las súplicas a Dios!
“Hasta el día de mi muerte no podré olvidarme del 8 de julio de 1894. Era el último día de la Asamblea de los Estudiantes de Northfield. . . A las tres de la tarde nos reunimos frente a la casa de la progenitora de Moody. . . Había 456 personas en nuestra compañía. . . Después de andar durante algunos minutos, Moody opinó que podíamos parar. Nos sentamos en los troncos de árboles caídos, en las rocas, o en el suelo. Moody entonces nos permitió hablar, a fin de que cualquier estudiante pudiese expresarse. Unos 75 de ellos, uno después de otro, se levantaron diciendo: `Yo no pude esperar hasta las tres de la tarde, sino que he estado solo con Dios desde el culto de la mañana, y creo que puedo decir que he recibido el bautismo del Espíritu Santo’ Al oír el testimonio de esos jóvenes, Moody sugirió lo siguiente: ‘Muchachos, ¿por qué no nos arrodillamos, ahora, aquí mismo, y pedimos que Dios manifieste en nosotros el poder de su Espíritu de un modo especial, como lo hizo con los apóstoles el día de Pentecostés?’ Y allí, en la montaña, oramos.
“En la subida habíamos observado cómo se iban acumulando densos nubarrones en el cielo; en el momento en que empezamos a orar, la lluvia comenzó a caer sobre los altos pinos y sobre nosotros. Pero había otra clase de nube que hacía diez días que se estaba acumulando sobre la ciudad de Northfield — una nube llena de la misericordia, de la gracia y del poder divino — de manera que en aquella hora pareció que nuestras oraciones habían perforado esas nubes y que estaba descendiendo sobre nosotros con
gran poder, la virtud del Espíritu Santo. ¡Hombres y mujeres! eso es lo que todos nosotros necesitamos — el Bautismo en el Espíritu Santo.”
Que el propio Moody era un estudiante incansable, se demuestra en lo siguiente: “Todos los días de su vida, hasta el fin, según creo, se levantaba muy temprano de mañana para meditar en la Palabra de Dios. Acostumbraba dejar su cama a las cuatro de la mañana, más o menos, para estudiar la Biblia. Un día él me dijo: ‘Para estudiar, yo necesito levantarme antes que nadie se despierte en casa.’ Se encerraba en un cuarto apartado del resto de la familia, solito con su Biblia y con su Dios.
“Se puede hablar en poder, y sin embargo, ¡ay del hombre que descuide el único Libro dado por Dios, que sirve de instrumento, por medio del cual El da y ejerce su poder! Un hombre puede leer muchísimos libros y asistir a grandes convenciones; puede promover reuniones de oración que duren noches enteras, suplicando el poder del Espíritu Santo, pero si tal hombre no permanece en contacto íntimo y constante con el único Libro, la Biblia, no le será concedido el poder. Si ya tiene alguna fuerza, no podrá mantenerla, sino mediante el estudio diario, serio e intenso de aquel Libro.”
Todas las cosas en el mundo tienen que acabar; y así, llegó también el tiempo para que el ministerio de D. L. Moody acabase aquí en la tierra. El 16 de noviembre de 1899, en medio de la campaña que efectuaba en Kansas City, donde tenía auditorios de hasta 15.000 personas, predicó su último sermón. Es probable que él supiese que ése sería su último sermón; lo cierto es que su llamado para salvación estuvo ungido con poder de lo alto, y centenares de almas fueron ganadas para Cristo.
Para todo el país, el viernes, 22 de diciembre de 1899, fue el día más corto del año, pero para D. L. Moody, ese día que amaneció, fue el comienzo del día que para él nunca acabará. A las seis de la mañana durmió un sueño ligero. Luego sus seres queridos lo oyeron decir en voz muy clara: “Si esto es la muerte, no hay ningún valle. Esto es glorioso. ¡Atravesé el umbral y vi a los niños! (Dos de sus nietos ya fallecidos.) La tierra se queda atrás; el cielo se abre delante de mí. ¡Dios me está llamando!” Entonces se viró hacia su esposa, a quien él quería más que a nadie, con excepción de Cristo, y le dijo: “Tú has sido para mí una buena esposa.”
En el sencillo culto fúnebre, Torrey, Scofield, Sankey y otros hablaron a la gran multitud que asistió conmovida. Después el ataúd fue llevado por los alumnos de la Escuela Bíblica de Monte Hermón hasta un lugar alto que quedaba próximo, llamado “Round Top”. Y allí lo sepultaron.
Tres años más tarde la fiel sierva de Dios, Ema Moody su esposa, también durmió en Cristo, y fue enterrada a su lado, en el mismo lugar, hasta el glorioso día de la resurrección.
Contemplemos de nuevo por un momento, la vida extraordinaria de este gran conquistador de almas.
Cuando el joven Moody lloraba, quebrantado bajo el poder de lo alto, en la predicación del joven Spurgeon, fue inspirado a exclamar: “¡Si Dios puede usar a Spurgeon, El puede usarme a mí también!”
La biografía de Moody es la historia de cómo él vivía completamente sometido a Dios para ese fin. R. A. Torrey dijo: “El primer factor por cuyo motivo Moody fue un instrumento tan útil en las manos de Dios, es que era un hombre enteramente sometido a la voluntad divina. Cada gramo de aquel cuerpo de 127 kilos pertenecía al Señor; todo lo que él era y todo lo que tenía pertenecían enteramente a Dios… Si nosotros, usted y yo, queremos ser usados por Dios, tenemos que someternos a El absolutamente y sin reserva.” Estimado lector, decídase ahora, con la misma determinación y mediante el auxilio divino: “Si Dios pudo usar a Dwight Lyman Moody, El puede usarme a mí también.” ¡Que así sea!

Referencia:

Biografías de Grandes Cristianos. Moody